La agresividad en el niño. Conflictos en la familia

Los niños, desde pequeños, experimentan sentimientos de ira que no son más que un estado emocional, una forma más de comunicación. Esto no debe alarmarnos, lo que sí debemos observar es que esta conducta no se transforma en un hábito.

¡Es muy peleadora!

“Virginia es una niña de temperamento fuerte. Por una parte, es bueno porque se sabe defender, pero … por otra parte, ¡es muy peleadora! En la escuela, la maestra le llamó varias veces la atención ¡y no hay caso! Ella sigue siendo tan violenta como antes, ¡no hay juguete que le dure!

El caso de Virginia no es para nada extraordinario. Durante la primera infancia, es común que los niños sean agresivos, ésta es una forma de comunicarse y relacionarse con el mundo que los rodea (tirar los juguetes, romperlos, apretarlos, pincharlos, golpearlos, etc). A medida que van creciendo y que sus aptitudes psicomotrices van mejorando, las conductas agresivas son muy complejas y también más peligrosas. ¡Atención! Ahora si debemos preocuparnos. El niño no debe tomar esta conducta como un hábito “autorizado”

¿Por qué tanta violencia?

El niño, desde pequeño, comienza a exhibir formas de agresión y las manifiesta en la rotura de sus juguetes, en la destructividad, et. Esta forma de agresión constituye una válvula de escape para las tensiones y los conflictos acumulados en la relación con sus propios.

Otra máxima de agresividad lo constituye la irritación que el niño hace de los adultos que conviven con él; una pareja que discute con asiduidad delante de sus hijos (dos personas que se faltan el respeto recíprocamente) resulta un ejemplo deplorable para los estados emocionales del niño.

Si todos ayudáramos…

Padres y maestros, cada uno desde su lugar, podemos colaborar con ponerle obstáculos a la agresividad, para lograr finalmente darle punto final a esta conducta tan perjudicial para todos.

Los juegos grupales, el canto, la música y la danza suelen ser actividades eficaces para moderar la ansiedad y la excitación de los niños. Castigar severamente al niño agresivo trae aparejado que el niño aprenda a reprimir sus enojos. Esto a simple vista parecerá una solución, pero no, nada de eso. La conducta del niño reaccionará en algún momento con otros desajustes que se manifestarán como falta de madurez.

El médico también cumple un papel importante, puesto que existen enfermedades, tales como el asma, las adenoides, los problemas hepáticos y las alérgicas, que pueden ser las causantes de estas anomalías en la conducta.

Por otra parte, hay niños que tienen dos formas típicas de proceder; en el hogar son serenos y dominables, y en la escuela, violentos y peleadores. Otros son perturbadores del orden en el hogar, y serenos y tranquilos en la escuela. Es por eso que debemos estar atentos y mantenernos en contacto con los maestros de nuestro hijo, para estar enterados de cómo es su comportamiento en uno y otro lugar. Si el niño pone de manifiesto sentimientos de agresividad y descarga sus tensiones y su rebeldía en la escuela, la maestra debe obrar con calma, conversar mucho con él y demostrarle cariño. Es bueno, además mantenerlo ocupado en tareas manuales y juegos dirigidos, donde él podrá canalizar su “exceso de energía” y la maestra lo podrá observar para ver cómo evoluciona.

No debemos olvidar que el niño se encuentra influenciado por una sociedad marcadamente agresiva; la agresividad es casi una constante en la vida familiar, y los medios de comunicación no cesan de informar e interesar a la sociedad de los numerosos conflictos que no agobian (marginación, guerras, crímenes, suicidios, peleas, enfrentamientos, atentados, etc.)

Por otra parte, es lamentable pero, en la mayoría de los casos, los adultos somos los responsables del temperamento violento y de las peleas del niño con sus compañeros y amigos. Esto es algo que debemos tener en cuenta para analizar nuestra propia conducta y proteger así a nuestros hijos.

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